Vivir en un castillo fortaleza del siglo XIII

El castillo de Castellar es uno de los pocos ejemplos de fortificación medieval habitada que existen en la actualidad. Una veintena de vecinos conviven en la villa, mientras que los extramuros suman alrededor de cien habitantes. 

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Fotos: Sandra Domínguez

Es una mañana cualquiera, soleada, en un día corriente y en un lugar particular, con una idiosincrasia que atrapa y destaca sobremanera entre los muros de un castillo fortaleza. Recorremos sus adoquinadas y zigzagueantes callejuelas, visitamos sus viviendas y establecimientos, escondidos entre rocas, y hablamos con los vecinos del castillo de Castellar de la Frontera para conocer cómo es vivir, en pleno siglo XXI, en una fortaleza medieval del siglo XIII.

El camino hacia el castillo adivina que nos acercamos a un paraje singular. Una estrecha carretera que va subiendo entre curvas a un promontorio rocoso sobre el que se asoma, en pleno corazón del Parque Natural de Los Alcornocales, esta fortaleza defensiva declarada en 1963 Monumento Histórico-Artístico y Bien de Interés Cultural.

El castillo de Castellar es uno de los pocos ejemplos de fortificación medieval habitada que existen en la actualidad. Una veintena de vecinos conviven en la villa, mientras que los extramuros suman alrededor de cien habitantes.

Atravesamos sus murallas y parece que el tiempo se detiene. No hay coches, no hay tráfico, no hay cobertura móvil, sólo silencio. Respiramos paz y tranquilidad en uno de los miradores que encontramos en nuestro paseo y en el que disfrutamos de la inmensidad del paisaje, rodeados sólo por naturaleza. En el horizonte aparece la comarca del Campo de Gibraltar, coronada por el Peñón y el Estrecho de fondo.

Moradores de un castillo de otra época

El buen estado de conservación de esta fortaleza nos traslada a otra época. En la primera plazoleta en la que descansamos conocemos La Posada y visitamos una de las varias asociaciones vecinales que sirven para reunir a un grupo de amigos alrededor de una barra y compartir mismas inquietudes. Manuel Cascales nos invita a conversar en su club de amigos dedicado al arte.

Natural de Sevilla, a los 25 años descubrió este castillo y hoy, a los cincuenta, continúa embrujado por el encanto de este lugar. “Durante mi juventud me dediqué a viajar alrededor del mundo, pero llegó un momento en el que decidí instalarme en un sitio concreto y construir un hogar. Tenía claro que quería volver al sur y como ya conocía este lugar, decidí quedarme en el castillo de Castellar”, comenta.

Aquí arriba las horas y minutos no suman en el reloj. “Lo mejor de este lugar es la calma y la paz. Aquí tienes tiempo para ti, para pensar mucho. Aunque también tienes que tener la cabeza preparada para esto”, añade Manuel.

Nos perdemos entre las estrechas calles de esta fortaleza y conocemos las encaladas casas blancas del lugar que mezclan la fisonomía medieval y árabe, con los rasgos y tipos más andaluces. Tropezamos con otros vecinos, muchos extranjeros que desde hace más de veinte y treinta años apostaron por este rinconcito para echar raíces.

Así lo hizo Ulla Gold, alemana y chisparrera de adopción que a primera hora de la mañana prepara su tienda de productos artesanos en la que destacan sus fotografías, pinturas y diseños. Ulla es una reconocida artesana del castillo y miembro de la asociación Guadarranque.

Conocemos a más vecinos, como Bibi y Candela, y otros que comparten con nosotros algunas de las necesidades del lugar: mejores infraestructuras y comunicaciones, entre otras demandas.

El alcázar del castillo ha sido rehabilitado como hotel con esplendidas terrazas, cafetería y restaurante que, entre muros y murallas, con sencillez y naturalidad, se integran en perfecta sintonía con el entorno. La empresa hotelera oferta nueve habitaciones y además gestiona otras nueve casas rurales que acogen un trasiego constante de turistas, en grupos reducidos, y que fluctúan dependiendo de la temporada; alta en los meses de primavera y verano. Así nos lo explica Belén, una de los más de diez trabajadores que sacan adelante este hospedaje.

Peña flamenca El Duende

Pero si hay un punto de visita obligada en el castillo de Castellar ese es la Peña Flamenca El Duende. Diego, el de la peña, el tabernero, nos abre las puertas de esta asociación cultural que lleva más de 27 años celebrando el arte del flamenco y que es reconocida más allá de la comarca. El Festival de la Luna Flamenca, cada verano, es una de las muchas actividades que organizan.

“Lo bonito de este sitio es que es un pueblo por el que pasa el mundo entero. Turistas, aficionados al flamenco y muchos artistas. Este es uno de los alicientes de este lugar”, señala Diego. Las fotografías que cuelgan en las paredes de esta sala cultural dan buena fe de ello y recuerdan la visita de artistas de la talla de Camarón y Paco de Lucía.

El duende, el arte y la naturaleza están presentes en cada rincón de esta villa medieval. “Aquí se vive muy bien si tienes empatía con la naturaleza. Los humanos hemos perdido la manera de relacionarnos con el medio natural y esto nos genera muchos problemas. Para vivir en este sitio tienes que estar enamorado de la naturaleza y saber disfrutar de ella”, añade el tabernero.

Por eso nos despedimos de este singular paraje asomándonos al Balcón de los Amorosos, que se lanza sobre el embalse de Guadarranque y que, en un infinito silencio, nos recuerda la riqueza y belleza natural de este lugar. Los más enamoradizos sellan su amor ante estas vistas con uno de los muchos candados que ya cuelgan de las rejas de este balcón.

El silencio sobrecoge y se respira una inmensa paz. De nuevo, este paisaje verde y pantanoso nos descubre que el valor inmaterial de este lugar es precisamente su sencillez y reposo. El tiempo se detiene en nuestra visita, viajamos al pasado y prometemos repetir. Nos llevamos para siempre un trocito del duende del castillo de Castellar.